El escritor iletrado

El índice de lectura está por los suelos, pero se editan más libros que en cualquier otro momento de la historia. Una deducción rápida sería que la gente no tiene tiempo para leer debido a que tiene demasiado trabajo escribiendo.

Tomás era uno es de estos escritores iletrados. Siempre había oído que en esta vida, por lo menos, hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Hacía años había plantado una acacia en el jardín de su tía Amelia; lo de tener un hijo también estaba tachado de la lista, y con creces, debido a que durante la universidad había sido un donante muy activo de esperma para múltiples clínicas de fertilidad; así que lo único que le faltaba para tener una vida completamente realizada era juntar de la mejor manera posible un puñado de letras para escribir un pequeño volumen de literatura lacrimosa.

Entrado ya en los 40, Tomás lo más que había leído eran los bocadillos de los ilustrados cómics de Super López, los horóscopos del diario gratuito matutino que repartían en la boca del metro rumbo a su trabajo de mercader en la Boquería y el listado de ingredientes de los productos poco fiables que consumía. Sin duda, estos últimos eran su lectura favorita.

El novel escritor se sentó delante de la reiterativa y recurrente hoja en blanco del Word. Para poder dedicar mayor tiempo a su nueva labor, había abandonado otros quehaceres como las clases de guitarra flamenca en el centro cívico del barrio, los sábados de cine y pepsicola y su trabajo en el mercado. Éste último era sin duda su quehacer más prescindible.

No sabía por donde empezar. ¿Qué podía explicar un escritor iletrado? Tampoco tenía referentes a seguir, salvo un listado de edulcorantes artificiales no asimilables por el cuerpo humano. Si hubiera leído el Quijote -se decía a si mismo-, tal vez tendría alguna idea que seguir. Al fin y al cabo, el personaje se decide a vivir su vida como una novela de caballería, tomando como ejemplo las múltiples novelas de la época que había leído el hidalgo.

Evidentemente, Tomás conocía la historia y alguno de sus detalles no por haberlos leído, aunque siempre le atrajo el personaje, sino por la versión televisiva del clásico protagonizada por Fernando Rey. También había visto alguna versión cinematográfica, como la hollywoodiense y musical “Man of la Mancha”, e incluso pedazos de la inacabada, y a la vez completa de significado, revisión del clásico realizada por el maestro Welles.

Así es. Nuestro protagonista era un arduo consumidor de la gran cultura del siglo XX: el cine y la televisión. En términos mercadotécnicos podemos afirmar que se ha realizado una fuga de audiencias entre medios a escala global, del papel al tubo catódico, y Tomás era un claro exponente.

Pensó que quizás podría aprovechar su bagaje cinematográfico para inspirarse. Quizás escribir un guión de una película… de hecho su pensamiento era más bien en imágenes que en palabras. Pero no. Tomás quería escribir un libro formal, independientemente de si los referentes venían del mundo del celuloide. Un libro de los de tomo y lomo, sin pimientos.

A menudo, cuando acababa de ver una película, el final no le satisfacía. Eso era debido a que a los 20 minutos de metraje no podía evitar imaginarse un final, que nunca coincidía con la realidad previa a los créditos. Se le ocurrió que quizás podría transcribir alguno de sus finales imaginados. Quizás. Pero ahora mejor descansar un rato -pensó mientras apagaba el libro y encendía el televisor-.

Jordi Busquets – 2011

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